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ARGENTINA - Elecciones: el turno de Cristina

Marcela Valente, IPS

Lunes 29 de octubre de 2007, puesto en línea por Dial

28 de octubre de 2007 - IPS - Para los allegados es casi imposible hablar del presidente argentino Néstor Kirchner sin referirse a su esposa, Cristina Fernández, electa por las urnas este domingo como su sucesora. De personalidades opuestas, son como dos ramas de un mismo árbol: el proyecto político común que ambos fundaron.

La primera mujer que conquista la presidencia de Argentina por voto popular, obtuvo este domingo más de 45 por ciento de los sufragios, frente a su contendora, otra mujer, Elisa Carrió, con más de 22 por ciento, según las proyecciones de encuestas a boca de urna.

«La admiro. Me gusta mucho. Supo construir un lugar, una imagen importante, no independiente de su marido sino coexistiendo con él, sin chocar». Quien lo dice es Fernández refiriéndose a Hillary Rodham Clinton, senadora y abogada como ella, esposa del ex presidente estadounidense Bill Clinton (1993-2001) y precandidata presidencial del opositor Partido Demócrata.

En un mundo donde no abundan las mujeres gobernantes, la sociedad política del matrimonio Kirchner-Fernández se parece a la de Clinton-Rodham. La pareja argentina se reunió con el ex mandatario un mes atrás, en Nueva York. Bill le contó entonces a Néstor que todo el mundo le preguntaba qué haría si su esposa fuera electa en 2008.

«Te propongo una respuesta común», le lanzó jocoso el estadounidense. «Decir: ‘haré lo que ella ordene’». Kirchner río, pero no contestó. «¿Por qué no dijiste nada?», le inquirió después su esposa. Y el presidente contestó retórico: «¿Vos alguna vez dijiste todo lo que yo quería?».

Las anécdotas no sólo muestran que el perfil de la pareja estadounidense seduce a la presidenta electa de Argentina, también revelan que ella forma con su esposo una sociedad «absolutamente igualitaria, sin ninguna asimetría», como la definió la socióloga y encuestadora Graciela Romer.

«Cristina», como eligió llamarse durante la campaña, nació en una familia de clase media en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, el 19 de febrero de 1953, unos meses después de la muerte de Eva Duarte, esposa del entonces presidente Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-1974) y paradigma de la mujer política en América Latina.

Su padre era chofer de autobús y su madre ama de casa. Él era de la Unión Cívica Radical y ella del Partido Justicialista (peronista), las fuerzas que marcaron la escena política argentina durante el siglo XX.

«Yo saqué lo mejor de cada uno», dice esta mujer que creció como peronista disidente y acabó presentándose a las elecciones presidenciales en una fórmula que completa un político de origen radical, Julio Cobos.

«Mi madre tenía fotos de Evita en su placard», recuerda Fernández. Eran imágenes bellas, como de un «hada», según rememora. En cambio, ella dice haber adoptado el otro perfil de Evita, el de la mujer combativa, austera, de rodete y puño cerrado, reivindicada en los años 70 por los jóvenes revolucionarios de la izquierda peronista.

Es buena oradora. No lee cuando habla en público. Su marido, que tiene problemas de dicción, la admira por eso. Pero se le achaca frialdad. A diferencia de Kirchner, ella elude el contacto con la gente y no se emociona con facilidad. Si llora, lo hace en soledad.

Tras un paso por la carrera de psicología, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Siendo estudiante conoció a Kirchner. Promediaban los años 70, y ellos militaban en la Juventud Universitaria Peronista. Pero ella dejó de ser «orgánica» por desacuerdos con sus dirigentes. Desde entonces se la recuerda como una mujer inteligente y coqueta, muy preocupada por su apariencia física.

«Siempre me molestó la idea de que si sos atractiva tenés que demostrar que sos inteligente», le dijo a la periodista Olga Wornat en su libro «Reina Cristina». En ese sentido es lo opuesto a Kirchner, que hizo del desaliño un rasgo político. Tampoco se parecían de jóvenes. Ella fue mucho mejor estudiante.

Wornat, que la conoce desde joven, la describe como «indomable, inteligente, polémica, transgresora y ambiciosa como ninguna otra después de Evita». También dice que es «ciclotímica (otros creen que bipolar), vehemente, generosa, arrogante, vanidosa, compañera y fiel, muy fiel», subraya.

Conoció a Kirchner con 22 años. Estaba borracho. Ella «lo puso a estudiar, le emprolijó un poco el aspecto, lo apartó de peñas y guitarreadas» e intentó sin éxito acercarlo a la literatura, ha dicho otro periodista, Walter Curia, en el libro «El último peronista. La cara oculta de Kirchner».

Se casaron seis meses después de conocerse. Eran vísperas del golpe de Estado de 1976 y, tras un período breve en La Plata, se mudaron a Río Gallegos, capital de la austral provincia de Santa Cruz, donde tuvieron dos hijos, compartieron estudio como abogados, hicieron una pequeña fortuna y comenzaron a construir su proyecto político.

«Somos una pareja muy simbiótica», dijo Fernández la semana pasada en uno de los pocos reportajes que concedió a la prensa argentina. Con el advenimiento democrático en 1983 retomaron la militancia política. En 1985 ella fue convencional del Partido Justicialista por Santa Cruz, y en 1989 diputada provincial.

En 1987, su esposo fue elegido intendente de la capital provincial y en 1991 gobernador de Santa Cruz, en la primera de tres gobernaciones sucesivas.

Para 1993, Fernández renovó su escaño de diputada provincial. Un año después, participó al igual que su marido en la Convención Constituyente que reformó la Constitución, y ahí comenzó a ser una figura conocida en el plano nacional. En 1995 fue senadora nacional, en 1997 diputada y en 2001 nuevamente senadora por Santa Cruz.

En 1997 fue apartada del bloque legislativo del Partido Justicialista por votar contra varios proyectos del oficialismo. Era el comienzo del ocaso del gobierno justicialista de Carlos Menem (1989-1999), convertido desde entonces en adversario político de Kirchner y Fernández.

Unos meses después de que ella obtuviera su escaño de senadora en 2001, Kirchner le dijo que se lanzaría a competir por la presidencia. Ella contestó: «Estás completamente loco». Por entonces, Fernández era una figura conocida y respetada en el escenario político nacional, pero no su marido.

En virtud del apoyo que le prestó el líder peronista Eduardo Duhalde, Kirchner logró ubicarse segundo en la primera ronda de los comicios presidenciales de 2003, con poco más de 22 por ciento de los votos, y se hizo de la presidencia cuando su contendor, un disminuido Menem, renunció a competir en la segunda vuelta.

Fernández no gusta ser considerada feminista, pero es crítica del machismo. Eludió siempre la labor legislativa en comisiones tradicionalmente asociadas a cuestiones femeninas, se opone a la despenalización del aborto y sostiene que la mujer está más preparada que el hombre para los asuntos de la vida privada.

Admite que su actividad la alejó de los hijos más de lo que hubiera querido. «Tengo culpa, como cualquier mujer», asegura. «Cuando iba a ser senadora nacional muchos periodistas me preguntaban cómo iba a hacer con mis hijos, una pregunta que no le hacían a los legisladores», cuenta.

Pero su marido la entiende y la alienta como a una socia. «Kirchner cumplirá este año 20 años en distintos cargos ejecutivos, y yo en el frente legislativo. Somos parte de un mismo proyecto político», asegura.

También tienen sus discusiones. «Yo argumento fuerte», dice ella. Los allegados aseguran que él no decide nada sin escucharla primero, aunque después toma sus propias decisiones. También ella trató de mostrarse independiente desde el día en que él fue elegido presidente.

Cuando Kirchner fue investido en el cargo, ella lo aplaudió sentada en su banca de senadora. Desde entonces quiso ser reconocida como «primera ciudadana», no como primera dama. Pero utilizó su exposición pública para la campaña hacia la primera magistratura. Como casi ninguna otra esposa de un presidente, Cristina se entrevistó de igual a igual con gobernantes de todas las regiones del mundo.

En los comicios legislativos de 2005, cambió su escenario electoral a la provincia de Buenos Aires, y obtuvo un escaño en el Senado por ese distrito, el más importante del país, con casi 40 por ciento del padrón nacional de electores.

Por entonces, promediaba el mandato de Kirchner, y ella resultó un huracán electoral.

A partir de entonces, su nombre sonó como sucesora de Kirchner, si éste renunciaba a una reelección. En julio de este año se anunció que sería la candidata del oficialismo, y a nadie sorprendió. Es su turno.


http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=86397

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