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CHILE - La nueva marcha de los pingüinos

Ariel Zúñiga

Miércoles 28 de mayo de 2008, puesto en línea por Ariel Zúñiga

La insatisfacción por los anuncios presidenciales en la cuenta anual del veintiuno de mayo es la razón con que los medios de comunicación han explicado las últimas movilizaciones estudiantiles. Sin embargo, desde las conclusiones de la comisión presidencial de enseñanza la situación no ha variado un palmo y no existía ninguna expectativa que la presidenta variara una política con más de veinticinco años de vigencia.

La LOCE (Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza) y el proyecto de una ley general de educación discurren sobre los mismos supuestos que aprisionan al país en la dependencia económica y cultural, y a las clases subalternas fatalmente condenadas a seguir siéndolo. Un cambio en la educación obligaría a reformar algo más que leyes: el sistema actual de enseñanza es coherente con las estrategias de desarrollo de la elite; pretender otra educación es pensar en otro país.

Esta es la razón por la que se frustren una y otra vez las esperanzas de los estudiantes, aunque sean razonables y compartidas por la mayor parte de la población ellas se encuentran en punto de colisión con la sociedad que pactaron algunos en las postrimerías de la dictadura. El ministro que sea debe ante todo procurar que el proyecto desplegado persevere y para ello cuentan con el alto auspicio de los propios estudiantes quienes en su dirigencia el gobierno encuentra su quinta columna.

Siempre se puede pagar a la mitad de los pobres para que maten a la otra mitad, esa es la gran debilidad de cualquier proyecto que intente buscar su poder en las mayorías. Sin embargo en los segundarios es difícil encontrar tantos dispuestos a traicionar pero aún se encuentran los suficientes.

En la universidad el asunto es diametralmente opuesto: En primer lugar la gran mayoría suscribe a grandes rasgos el sistema del cual el educacional es un reflejo; en segundo lugar la política universitaria es usada como un recurso más de capitalización individual que al igual que las evaluaciones implica obtener plazas laborales en el mismo sistema que se dice cuestionar. En la universidad latinoamericana se observa con crudeza un fenómeno que podríamos denominar izquierdismo situacional: del mismo modo que algunos reclusos heterosexuales mantienen relaciones homosexuales consentidas cuando cumplen largas condenas para soportar la soledad, la desesperanza y los apetitos naturales, y al salir continúan la vida como la llevaban antes de la prisión, los estudiantes, sobre todo los de las universidades tradicionales, son más izquierdistas de lo que pudo haber sido Marx y Bakunin en sus mejores momentos, pero al egresar siguen siendo tan momios como lo eran sus padres puesto que la sociedad es esencialmente injusta y sólo unos pocos pueden estudiar, egresar e ingresar al mercado del trabajo entretenido y bien remunerado. Quienes lo han logrado defenderán su posición del mismo modo que lo hicieron sus padres que les financiaron la carrera o les dieron las facilidades para hacerlo. La universidad los ha dotado de un amplio bagaje para poder explicar este giro y al ser una tendencia generalizada casi nunca se enfrentan al tener que dar explicaciones. Se trata de pecados de juventud que “todos cometemos”, “aquel que cuando joven no es comunista no tiene corazón y aquel que sigue siéndolo no tiene cabeza”. Desde luego que alguien que logra separar dos ámbitos tan imbricados como el corazón y la razón es porque carece de ambos.

En los segundarios nadie proviene de la clase dirigente y por lo mismo no se observa ese fenómeno de luchar miméticamente y dentro de lo meramente simbólico. Está claro que se están jugando la vida por todos, por algo ni siquiera deben decirse ni sentirse de izquierda para serlo. Sin embargo algunos de ellos tienen hermanos mayores o padrinos que ya les envenenaron la mente y les enseñaron el viejo método de capitalizar individualmente a costa de acarrear las hordas al matadero. Un joven de quince años que ingresa a un partido político, considerando lo que hoy es un partido político, es alguien prematura y definitivamente viejo. En los liceos “emblemáticos” es muy difícil encontrar algún dirigente que no milite; cuando eso ocurre no es su ingenuidad lo que lo traiciona sino que la omertá de los partisanos la que desata las puñaladas desde derecha e izquierda contra la independencia. Es que en la esencia existen muy pocas diferencias entre un quinceañero que milite en las juventudes comunistas con otro que lo haga en la UDI y muchísimas entre éstos y otro que pretenda ser un agente de la voluntad de sus compañeros en vez que de los profanos intereses de algunos burócratas de la política.

El problema de la educación es el problema del país y por eso ninguna comisión, menos una destinada a ganar tiempo y a desmovilizar, va a solucionarlo.

Cada año desde mediados de abril y hasta finales de mayo los estudiantes universitarios se movilizarán para reivindicar su derecho a ser rebeldes mientras les dura su breve y caricaturesca juventud; los segundarios mientras no comprendan que su lucha no tiene precedentes, ni en los estudiantes universitarios nacionales ni en los extranjeros, y que ser de un partido cuando hay tanto en juego debe castigarse con el exilio, no podrán transformarse en una fuerza destructiva, constructiva y refundacional.

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