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CHILE - Partidos políticos y clientelismo: dinámicas de exclusión desde una perspectiva de interfaz

Oscar Cariceo Rivera

Jueves 4 de septiembre de 2008, puesto en línea por Claudia Casal

Introducción

Con el advenimiento de los regimenes democráticos a partir de 1990, surgió una gran efervescencia respecto de las posibilidades de democratización y de participación social en Chile.

Un aspecto clave fue la reconformación de los partidos políticos tradicionales, además de la fundación de nuevos referentes tanto en la derecha como en la izquierda.

Con la Constitución de 1980 se configura, por lo tanto, un nuevo sistema político, con nuevas normativas electorales e institucionales, modificando profundamente la forma de representación popular en el parlamento y en la gestión pública.

En el contexto de un Estado reducido y subsidiario, las nuevas relaciones entre las diversas fuerzas políticas y sociales se vuelven más complejas, a la vez que se tornan homogéneas, en lo relativo a sus discursos y acciones concretas en temas sensibles.

Derecha, centro e izquierda coinciden que la pobreza, la educación, la vivienda y la salud, son temas relevantes sobre los cuales los partidos políticos y las autoridades públicas deben tener opinión y propuestas viables. De igual manera, se pueden identificar matices ideológicos respecto a como se abordar y se elaboran vías de solución, entre los distintos sectores, conglomerados y partidos.
Es difícil dudar del rol que juegan los partidos políticos en la profundización de la democracia y en garantizar los derechos ciudadanos, pero en el contexto del sistema político e institucional chileno, surgen vicios y operaciones que cuestionan este rol, como por ejemplo el clientelismo.

En este sentido, es necesario poner bajo observación el fenómeno del clientelismo, a partir de las dinámicas de exclusión social y de pobreza que surgen en el Chile actual y sobre las cuales los partidos políticos dicen actuar, ofertando el mejor diseño programático posible.

El Enfoque de Interfaz como Marco de Análisis

El enfoque de interfaz se utilizará en este trabajo como una caracterización conceptual y metodológica, considerando sus alcances teóricos en relación a temas sociales, culturales y políticos como el poder y la exclusión.

El enfoque de Interfaz hace referencia a un marco conceptual para el análisis socio-cultural en programas de desarrollo. Un interfaz es un área de intercambio entre dos o más arenas socioculturales, donde intersectan campos sociales o mundos de vida diferentes. Las Interfaces son áreas en que interacciones ocurren en torno a oportunidades y desafíos, a tender puentes, acomodarse, segregarse, dar respuesta a posturas sociales, cognitivas y evaluativos de diversos actores con asimetrías de poder. Es decir, este enfoque permite explorar que manera los diferentes intereses sociales, las interpretaciones culturales, unidas al conocimiento y al poder, se convierten en puntos críticos de confrontación y cooperación política. [1]

Tal Como plantea Roberts, la perspectiva de interfaz es valiosa ya que sensibiliza al analista alertándole sobre el significado de los tipos de relaciones que la implementación de la política crea entre gobierno, ONG´s y miembros de la comunidad. [2].

Este análisis pone especial énfasis en el contenido de los intereses sociales confrontados y en las interpretaciones e información presente en interacciones estratégicas durante el proceso de implementación de políticas públicas focalizadas, que es la principal herramienta de acción social de los Estados subsidiarios.

El Concepto de Exclusión y su Relación con la Pobreza

La exclusión se tomará como el concepto fundamental de los actuales entendimientos sobre la pobreza. Este concepto surgió recientemente en los países desarrollados y en las sociedades ricas donde la pobreza aparecía como un fenómeno marginal e incidental y cobra creciente validez para explicar los problemas sociales que han surgido a consecuencia de la reestructuración económica y de los cambios tecnológicos.

Desde distintas vertientes teóricas, la exclusión alude al fenómeno de la desintegración social, es decir, la marginación de un número creciente de personas de las principales relaciones, instituciones y dinámicas sociales y la dualización social entre un grupo que está ’dentro’ y otro que esta ’fuera’.

Sin duda que la principal preocupación de los Estados modernos es superar la pobreza, que preliminarmente podemos definirla como «una situación que impide al individuo satisfacer una o más necesidades básicas y participar plenamente en la vida social. Es un fenómeno esencialmente económico con dimensiones sociales, políticas y culturales, que se asocian a la escasa participación y se expresa en el subconsumo» [3].

Los pobres están obligados a satisfacer algunas necesidades, sacrificando otras, por tanto viven en un estado de necesidad que impide la libertad. La definición de las necesidades básicas, así como del nivel mínimo de su satisfacción se basa en el concepto de dignidad humana y de universalidad de los derechos fundamentales. Por otra parte, las necesidades pueden dividirse en materiales (o dependientes mayoritariamente de las condiciones económicas) y no materiales. Las primeras incluyen: nutrición, salud, educación, vestuario y transporte entre otras. Las segundas incluyen: afecto, autoestima, participación, creación, identidad y libertad, entre otras.

En este contexto, la exclusión podemos entenderla desde una dimensión relacional, surgida a partir del código exclusión/poder, proceso que esta enmarcado en los avances de la modernización.

Generalmente se tiende a vincular pobreza con exclusión social. La diferencia fundamental entre ambos conceptos se refiere, básicamente, a que la exclusión es una privación en si misma, que puede conducir a otras privaciones, ya sea de capacidades o de otra naturaleza.

La exclusión social, por tanto, refiere a una nueva y extrema forma de diferenciación y a procesos a través de los cuales algunas personas no sólo poseen menos, sino que son crecientemente incapaces de acceso a los diferentes ámbitos de la vida social. Es un fenómeno basado en la desintegración social, las sociedades contemporáneas son crecientemente incapaces de integrar a todos sus miembros, particularmente en el sistema económico y en los beneficios públicos básicos, pero también en las instituciones y organizaciones formales y en las diversas redes de interacción social. El proceso de exclusión implica siempre y necesariamente una ruptura de la integración social, en tanto la integración alude a los modos de articulación de los componentes de la sociedad que la constituyen como un universo de sentido unitario y total. [4].

La pobreza parece ser consecuencia de la privación tanto de bienes y servicios materiales, como de bienes socioemocionales. La pobreza se relaciona, en parte, con la falta de capital social de una persona dentro de redes ricas en recursos. Esta ausencia de capital social restringe el acceso de los pobres al capital físico, humano y financiero. [5].

La pobreza no es solamente una situación de carencia, de insatisfacción de necesidades, sino que es fundamentalmente el resultado de las dinámicas sociales, de los procesos relacionales entre los diferentes actores e instituciones sociales que se desarrollan en el ámbito económico, en la toma de decisiones políticas, en las dinámicas familiares, en los estilos de socialización y las decisiones estatales. [6].

En los discursos y propuestas de los partidos políticos, está siempre presente la preocupación por la pobreza y su superación. Tal como hace notar Bengoa, capitalistas, socialistas y comunistas, durante décadas confiaron en la posibilidad histórica de resolver los problemas de la pobreza. El desarrollo llevaba de manera necesaria a la superación de la pobreza. Esta afirmación hoy día no es verdadera. El crecimiento económico, el llamado desarrollo, no implica necesariamente la superación de la pobreza. No hay una relación de causalidad, de necesidad, entre crecimiento desarrollo y eliminación de la pobreza. La prueba de ello está en la experiencia de los países desarrollados. Hasta los años cincuenta posiblemente, en Estados Unidos se podía sostener, sin grandes polémicas, que el crecimiento económico implicaría tarde o temprano la superación de la pobreza. Un dato interesante se refiere a que la pobreza se ha generalizado en los países desarrollados; ya no es pobreza por atraso solamente, sino principalmente pobreza por modernidad. El desarrollo allí también produce pobres. [7].

En este sentido, se puede hablar de la pobreza como una construcción producto de una relación social. El concepto de pobreza, y la lucha política por erradicarla, es una idea netamente moderna.

Esta afirmación se entronca con la creciente proliferación de organizaciones y articulación de redes en las sociedades complejas. Para el caso del sistema político e institucional chileno, estas organizaciones y redes las representan, entre otros actores, los partidos.

Estas redes y organizaciones se caracterizan por ser socialmente excluyentes. Los contactos individuales y la asociación se combinan con otros activos en las estrategias destinadas a conservar los privilegios. Esta constatación se relaciona al surgimiento del capital social [8] de carácter colectivo, donde todos los grupos humanos compiten entre sí por conquistar el control sobre los recursos y los territorios, adoptando como estrategia, excluir a los grupos rivales de ese control o subordinar socialmente a otros grupos. La exclusión y la subordinación son fundamentales en la reproducción de la pobreza, y los grupos más poderosos, los cuales movilizan su capital social precisamente para reproducir la exclusión y por ende la pobreza. [9].

Modernidad y Vinculo Social como Antecedentes del Clientelismo Político

La situación plateada en el apartado anterior, se explica por la sistematización de la política o politización, que surge de la destrucción del vínculo social producto del proceso de modernización [10].

En la modernidad, el fundamento del vínculo social está en el orden institucional, donde la racionalización social obliga a explicar la distribución desigual de bienes. En la modernidad, el vínculo social se sitúa en la sociedad, es decir, en las instituciones y, como ya se ha mencionado, se inicia una necesidad de reflexivizar este tema y situarlo en plano del orden institucional.

Para el caso de Latinoamérica, la racionalización constituye el paso desde las sociedades tradicionales a las modernas. En la sociedad moderna, lo que se busca es gobernar las relaciones sociales de acuerdo a modelos racionalmente formulados con independencia de toda experiencia de sociabilidad.

Las fuerza políticas y sociales que bregaban por la democracia, eran depositarias de una propuesta relativa a la “concientización” como forma de superar el déficit de la modernidad, lo que en términos de Cousiño y Valenzuela equivale a reflexivizar el vínculo social. La apuesta por la democracia en Chile implicaba una democracia representativa que requiere de ciudadanos concientes de sus derechos y deberes.

Esta es la orientación que debe seguir Chile para hacer frente a la marginalidad y miseria de amplios sectores de la población urbana. La política se observa y se describe a si misma como el espacio propicio para restaurar el vínculo social, irritada por las ciencias sociales –en su matriz ilustrada [11]-que entienden que este debe ser restaurado en plano institucional.

En Latinoamérica, la modernización está vinculada al proceso de monetarización entendida como la diferenciación del sistema económico. Al autonomizarse (sistematizarse) la economía surge todo un ámbito de articulaciones sociales que generan una nueva forma de integración social que es la integración sistémica. [12].

La monetarización, en tanto fórmula de la modernización, esta referido al desafío que tiene la política al asumir temas sensibles para la sociedad como la exclusión social y la superación de la pobreza.

Un antecedente inmediato es que el populismo en América Latina llevó a cabo una política de industrialización, buscando recomponer, en el contexto urbano, el vínculo social en base a la lealtad entre el líder y sus adherentes. El populismo relaciona la actividad económica con la mantención del vínculo social a través del gasto, generando una obligación reciproca.

Considerando la creciente complejidad de las sociedades, esta estrategia populista presenta limitaciones que posteriormente desencadenan en crisis monetarias de relevancia. La co-presencialidad del líder populista con su pueblo es cada vez más improbable.

La política se sistematiza cuando logra una capacidad de elaborar información e indiferencia frente a la sociedad, sin embargo en Chile, la política pretendió absorber la creciente complejidad de la sociedad asumiendo el punto de vista de la totalidad.

Esta auto observación y auto descripción de la política como totalidad, colisiona con las posibilidades de evolución de los distintos sistemas parciales y de la sociedad en general. La vinculación de la política con la estabilización de la democracia y con la expansión de una economía monetaria (diferenciada) es fundamental para entender el fenómeno del clientelismo en el sistema político chileno, el cual sigue presente en la realidad social y política nacional, a pesar de esta ruptura del vínculo social y de la sistematización de la política.

Clientelismo Político en Chile y Ejercicio del Poder

Tomando la propuesta de Sartori, los partidos políticos se pueden definir como “cualquier grupos político identificado pro una etiqueta oficial que se presenta a elecciones pudiendo elegir candidatos a cargos públicos” [13].

Por su parte, el clientelismo se puede entender como una operación del sistema de la política, que se expresa en el discurso y en el accionar de los partidos políticos en lo relativo a las dinámicas de exclusión y pobreza.

Este fenómeno, surge de una relación de dominación compleja y anclada en dinámicas culturales y dimensiones subjetivas como la lealtad y la identidad grupal. Contempla, además una “norma” de reciprocidad, que está a la base de la generación de acciones. En definitiva, el clientelismo es una forma de dominación.

Esta forma de dominación está basada en el control social, es decir, en el poder y en su forma de expresarse. En otros términos esta dominación surge de la cultura política, la cual se define, en primer lugar, por las estructuras y funciones de las redes sociales que dependen de la dirección en la que se dan los intercambios (horizontal o vertical) que pueden ser simétricos o asimétricos y el predominio de unas sobre otras caracteriza la cultura política. En segundo lugar, la cultura política cuenta con un sistema simbólico que refuerza y legitima esa estructura de redes. [14].

El clientelismo es la expresión de una relación social vertical, es decir una interacción sostenida y un acuerdo tácito entre personas con diferentes cuotas de poder. Es, por ende, una relación de intercambio «asimétrico», un capital social de escalera, específicamente una «relación patrón-cliente».

En sociedades modernas altamente estratificadas, los técnicos, burócratas y dirigentes políticos suelen provenir de estratos medios y altos; la inseguridad de status motiva a distanciarse de marcar distancias con comunidades pobres atendidas. El clientelismo en sus diversas y variadas manifestaciones es a menudo la forma principal de participación de las comunidades y barrios pobres en el gobierno, en el mundo real. En estos acuerdos del mundo político, la reciprocidad asimétrica es acompañada por discursos de vínculos solidarios y de amistad, pero sus términos suelen ser negociados duramente y hasta escritos y firmados, porque hay poca confianza en las promesas de los políticos. [15].

Esta constatación puede explicarse por el carácter de la cultura política chilena, pues el capital y el poder se expresan mediante estructuras visibles que concentran a su alrededor grupos de individuos que se ordenan jerárquicamente según el nivel de recursos a que tienen acceso, determinando patrones de lealtad, estilos de vida, ideologías y subculturas. En Chile, existe un sistema multipartidista, en el cual existen grupos horizontales de amigos con liderazgos condicionados que producen faccionalismos, transformándose en una sociedad organizada informalmente en clases sociales horizontales. [16].

Con estas características culturales, los partidos hacen frente a la pobreza expresada en la marginalidad surgida en los contextos urbanos latinoamericanos, la cual se caracteriza principalmente por el origen de los habitantes que viven en condiciones de pobreza que son poblaciones que han nacido y vivido por mucho tiempo en la misma ciudad. Surge de ese modo una cultura de pobreza netamente urbana, donde las expectativas de integración válidas en los años cincuenta, producto quizá de la industrialización, del crecimiento del Estado de la urbanización acelerada, ya no son las mismas. [17].

En estos términos esta marginalidad se torna global, radical y emergente, acumulando carencias y exclusiones, donde el principal problema es la incapacidad de superar la condición de pobreza en forma autónoma debido a la inexistencia de de redes de cooperación y sociabilidad.

Unido a esta problemática, es posible identificar una dimensión política de la marginalidad, que dice relación con la ruptura de representación política y social entre los sectores marginales y los sectores integrados de la sociedad.

Aquí encontramos un primer referente del clientelismo relacionado a un populismo caciquista, como impronta de los partidos políticos que se hacen sensibles ante la realidad de la nueva pobreza y marginalidad urbana e identifican “masa disponibles” dentro de estas situaciones.

Surgieron así, dos tendencias para hacer frente a estas situaciones. Una expresada por el centro político encarnado por la Democracia Cristina, bajo el precepto de la promoción popular desde el Estado; y otra desarrollada por la izquierda, principalmente por el Partido Socialista y el MIR, de carácter populista y que propicia la organización ecológica en la forma de organizaciones comunitarias y territoriales.

Estas estrategias generaron una participación pasiva de los marginados, que implica la recepción de bienes y servicios de la sociedad integrada, expresada políticamente (clientelarmente) por los sectores y partidos políticos, complementado con las demandas o solicitud de los sectores marginados y pobres.

John Durston advierte que hay evidencias de que los partidos políticos se vuelven más clientelistas en contextos de reformas neoliblerales y de programas asistenciales focalizados. [18].

En general, en América Latina, se han implantado un conjunto de políticas de ajuste estructural que buscan aumentar la disciplina fiscal, de-regular los mercados y promover comercio sin restricciones. Las limitaciones internas y externas de los presupuestos públicos denotan que los estados en toda América Latina se encuentran bajo presión para extender la asistencia social en maneras que sean compatibles con la competencia económica en un mercado global. Los países han privatizado industrias estatales, han abierto sus mercados a inversión, directa o indirectamente extranjera. La disminución del rol del gobierno central ha sido ideológicamente justificada en términos de la mayor eficiencia y flexibilidad que resultan al reducir la burocracia central. La reforma del estado ha sido explícitamente vista como un movimiento necesario para cambiar de la administración burocrática del estado a una administración eficiente. [19].

Esta situación, se dio en Chile a partir del golpe de Estado de 1973 y la transformación profunda a la institucionalidad chilena con la Constitución de 1980, que tiene un correlato económico con la implementación del sistema neoliberal, lo cual tuvo consecuencias en el alcance y cobertura de la acción social del Estado.

En esta nueva lógica, surge una relativización del concepto de pobreza y se relacionan variables constantes y estructurales que condicionan este fenómeno. Se desarrolla, de esta manera, una focalización de la pobreza, desligándola de los procesos de la sociedad y se adoptan estrategias como la estratificación y la segmentación.

A partir de una política pública focalizada, surgen condiciones para un clientelismo político partidario, que tiene como fundamento el monopolio de la información y dispensación de beneficios a cambio de votos. Los funcionarios de partido y representantes políticos controlan accesos a las esferas superiores de la administración pública, permitiéndoles solucionar rápidamente los obstáculos impuestos por burócratas y tecnócratas, a cambio del apoyo electoral por parte de sus clientes. [20].

El interés de este clientelismo es que lo beneficiarios de programas sociales, no desarrollen una capacidad de autogestión ni que tengan éxito sus emprendimientos y proyectos, ya que la relación real con los beneficiarios se basa en la recepción pasiva de prebendas por parte de éstos. Estas prebendas son a su vez la base de la reciprocidad en el cumplimiento de instrucciones a los clientes de otorgar votos a sus benefactores.

La principal vinculación entre la exclusión social, la pobreza y clientelismo es el poder, el cual se da como coacción, es decir, como control de un grupo sobre otro expresado en la exclusión a favor de la inclusión de un grupo que ostenta el poder.

Dentro de los objetivos principales de los partidos políticos es obtener y gestionar el poder político, legitimado mediante elecciones. En este sentido, el poder político se puede expresar en el control o en la cooperación y colaboración.

Por tanto el poder, como fin de los paridos, es una relación asimétrica pero recíproca, donde se dan lógicas horizontales (entre líderes y seguidores) y verticales (entre líderes y líderes en el partido). A partir de estos juegos de poder, los partidos se institucionalizan en base a un proceso de transformación que va de una ideología manifiesta a otra latente, donde los incentivos para los militantes o adherentes, es predominantemente material. [21]. Esta transformación es posible evidenciarla en Chile con el retorno de la Democracia.

En el ejercicio de poder, por parte de los partidos políticos, puede estar orientado hacia la obtención de un determinado objetivo (capacidad) o como un poder sobre (coacción). Por otra parte, las relaciones surgidas en este ejercicio del poder pueden ser igualitarias con un balance y distribución del poder generando un empoderamiento mutuo entre los actores involucrados, o pueden ser desiguales, basadas en el control, donde se identifica un adversario con el se compite generando un empoderamiento limitado y asistido.

En los partidos políticos chilenos prima el segundo tipo de relaciones de poder. Entre actores, comunidades y organizaciones vinculadas o subsidiarias de los partidos surgen relaciones adversarias (poder contra) en el marco de una cultura de la competencia, pues su estructura de redes horizontales exige negociaciones permanentes, que profundiza la exclusión social, pues cualquier recurso como el clientelismo, es válido para legitimar posiciones y acciones políticas a través de elecciones.

Conclusión

Tomando como referencia el concepto de capital social, es posible afirmar que el clientelismo, de alguna manera, representa un tipo de activo, tanto para los partidos políticos; quines obtienen votos y legitiman sus posiciones frente a sus adversarios; como para los miembros de las comunidades donde intervienen los partidos, pues se benefician de recursos, protección o información. Sin embargo, esta “negociación” es poco más difusa considerando que muchos pobladores, trabajadores o actores sociales que están presentes en los espacios son militantes formales de los partidos políticos que operan bajo las premisas del clientelismo. Por tanto la interfaz, en este caso se hace más compleja y difusa.

Cuando la acción del Estado subsidiario se focaliza en temas particulares como la pobreza, se hace necesario trabajar en el nivel local. Tomando como referencia investigaciones realizadas en este campo, es posible afirmar que en el territorio local, «el lenguaje de la interfaz» es entre el Estado y sectores populares, pero además están los partidos políticos instalando nuevas complejidades producto de sus propias dinámicas y sus propios intereses.

Considerando que en los propios partidos hay una gran diversidad de intereses y de visiones, la interfaz se traslada al interior de los partidos, que en tanto organizaciones sociales, tienen objetivos bastante difusos en torno a como gestionan el poder. Sería interesante poder investigar, desde una perspectiva de interfaz, como opera el clientelismo hacia el interior de los propios partidos.

Tal vez las recientes reformas constitucionales y los esfuerzos por lograr mayor transparencia en la gestión pública puedan contribuir a disminuir el impacto que tiene el clientelismo en las acciones políticas y sociales. El hecho de que los partidos y conglomerados hayan consensuado reformas a una constitución cuestionada en su legitimidad da luces respecto de avances en esta línea. Sin embargo, para lograr un cambio real los partidos políticos deben orientar sus acciones hacia una distribución equitativa del poder, pensando en un empoderamiento ciudadano amplio, dejando de lado la cultura de la competencia que hoy guía a los partidos políticos en Chile. Esta cultura se ve reforzada por el carácter del sistema político, que obliga a generar grandes bloques, que deben conjugar elementos contradictorios como la ideología y los intereses electorales, para desarrollar propuestas viables para solucionar problemáticas sociales profundas y complejas como la exclusión y la pobreza. Lograr esta ecuación ha sido, tal vez, el gran logro de la Concertación.

En este sentido, la última palabra la tienen los propios partidos que, como organizaciones sociales, solo pueden cambiar sus objetivos y sus lógicas cuando ellos lo decidan. Aquí cobra importancia la impronta ciudadana de propuestas novedosas e integradoras puedan surgir en el seno de los partidos políticos.

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[1Long, N. (1999) The Multiple Optics of Interface Analysis. UNESCO Background Paper on Interface Analysis, pp 21

[2Roberts, B. (2001). Las Nuevas Políticas Sociales en América Latina y el Desarrollo de Ciudadanía: Una Perspectiva de Interfaz. Universidad de Texas, pp 3

[3PNUD, 1990: 33

[4Barros, P. (1996) Exclusión Social y Pobreza: Implicancias de un nuevo enfoque. OIT, Santiago, pp. 89-113

[5Robinson, L. Et. Al. (2003) El capital social y la reducción de la pobreza: Hacia un paradigma maduro. CEPAL. Santiago, pp 35

[6Barros, P. (1996) Exclusión Social y Pobreza: Implicancias de un nuevo enfoque. OIT, Santiago, pp. 89-113

[7Bengoa, J (1996). Pobreza y Vulnerabilidad. Ediciones Sur. Colección Temas Sociales N° 10. Santiago, pp 155-166

[8Se entenderá por capital social el contenido de ciertas relaciones y estructuras sociales, es decir, las actitudes de confianza que se dan en combinación con conductas de reciprocidad y cooperación. Ver: Durston, J. (2002). EL Capital Social Campesino en la Gestión del Desarrollo Rural. Pág. 15.

[9Durston, J. (2002). El Capital Social Campesino en la Gestión del Desarrollo Rural. Díadas, equipos, puentes y escaleras. CEPAL. Santiago, pp 25

[10Cousiño, C. Valenzuela. (2001). E. Politización y modernización en América Latina. Cuadernos del Instituto de Sociología. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago. pp 30

[11El concepto de matriz ilustrada de las ciencias sociales alude al paradigma, identificado por Cousiño y Valenzuela, que ve el paso hacia la sociedad moderna como consecuencia de una ruptura del vínculo social

[12Cousiño, C. Valenzuela. (2001). E. Politización y modernización en América Latina. Cuadernos del Instituto de Sociología. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, pp 35

[13Sartori, G. (1980). Partidos y Sistemas de Partidos. Marco para un Análisis. Alianza Editorial. Madrid, pp 91

[14Adler, L. Melnick A. (1998). La Cultura política chilena y los partidos de centro. Una explicación antropológica. Fondo de Cultura Económica. Santiago, pp 12-13

[15Durston, J. (2004). Capital Social Campesino Y Clientelismo En Chile Análisis De Interfaz En Una Comunidad Mapuche. Claspo Universidad De Texas, pp 12

[16Adler, L. Melnick A. (1998). La Cultura política chilena y los partidos de centro. Una explicación antropológica. Fondo de Cultura Económica. Santiago, pp 19-20

[17Bengoa, J (1996). Pobreza y Vulnerabilidad. Ediciones Sur. Colección Temas Sociales N° 10. Santiago, pp 1

[18Durston, J. (2004). Capital Social Campesino Y Clientelismo En Chile Análisis De Interfaz En Una Comunidad Mapuche. Claspo Universidad De Texas, pp 14

[19Roberts, B. (2001). Las Nuevas Políticas Sociales en América Latina y el Desarrollo de Ciudadanía: Una Perspectiva de Interfaz. Universidad de Texas, pp 5

[20Durston, J. (2004). Capital Social Campesino Y Clientelismo En Chile Análisis De Interfaz En Una Comunidad Mapuche. Claspo Universidad De Texas, pp 13

[21Panebianco, A. (1990). Modelos de Partido. Alianza Editorial. México, pp 65-309

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