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21 de Septiembre

Día Internacional contra los monocultivos de árboles

Sylvia Ubal

Viernes 26 de septiembre de 2008, puesto en línea por Barómetro Internacional

Desde el 2004, a partir de una iniciativa de la «Red contra el Desierto Verde» (Brasil), cada 21 de septiembre se conmemora el día internacional contra los monocultivos de árboles. La Red Latinoamericana contra los Monocultivos de Árboles (RECOMA), la Coalición Mundial por los Bosques que cuenta con miembros en 16 países, Amigos de la Tierra Internacional y el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales acordaron aunar esfuerzos para generar conciencia en ese día sobre los problemas sociales y ambientales que resultan de la expansión de las plantaciones de ese tipo y denunciando los impactos negativos de las plantaciones de árboles a gran escala en los países de la región. .

Como dice el Comunicado conjunto del Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales, Amigos de la Tierra Internacional y la Coalición Mundial por los Bosques Grupos que llaman a la acción para el 21 de Septiembre, Día Internacional contra los Monocultivos de Árboles. Las plantaciones de árboles a gran escala provocan graves impactos ambientales, sociales y en las economías locales. Impactos como la escasez de agua, dada la alteración de los ciclos hidrológicos y el deterioro de ríos y quebradas; contaminación del aire debido al uso de agroquímicos; el desplazamiento de comunidades enteras debido a la ocupación del territorio; violaciones a los Derechos Humanos, laborales y ambientales; impactos en las mujeres, así como el grave deterioro de la diversidad cultural, la violencia generalizada, la contaminación por pesticidas y la grave pérdida de diversidad biológica, han sido ampliamente documentados alrededor del mundo Por esa razón, ONGs, Organizaciones de Pueblos Indígenas y movimientos sociales de todo el mundo conmemorarán este fin de semana el Día Internacional contra los Monocultivos de Árboles

La fecha coincide con el Día Internacional de la Paz (ONU), que es precisamente lo que las comunidades locales afectadas por las plantaciones desean: paz para vivir en armonía con la naturaleza y con otros seres humanos. Las plantaciones de árboles han desplazado a miles de personas de sus tierras en el pasado, y lo siguen haciendo en la actualidad. Debido al avance de esas plantaciones, habitantes rurales quedan privados del acceso a recursos naturales y deben abandonar sus tierras en busca de sustento en otra parte.

Sandy Gauntlett de la Coalición Ambiental de los Pueblos Indígenas del Pacífico dice: “Las plantaciones de árboles no son bosques. Una plantación es un sistema agrícola sumamente uniforme que substituye los ricos ecosistemas naturales y su biodiversidad; los árboles que son sembrados apuntan a la producción de una sola materia prima, ya sea madera, celulosa, caucho, aceite de palma u otros. Sin embargo, instituciones internacionales como la FAO y el Banco Mundial, así como agencias estatales en países tales como Nueva Zelanda, definen incorrectamente a las plantaciones como bosques, pese a la amplia documentación que prueba que lo único que tienen en común es la presencia de árboles. De esa forma, ayudan a imponer y perpetuar un modelo de producción insustentable.”

Las plantaciones responden a un modelo industrial

“Las plantaciones responden a un modelo industrial que produce materia prima abundante y barata que sirve como insumo para el crecimiento económico de los propios países industrializados. A nivel de países productores, lo que queda es un ambiente degradado y una población empobrecida, que son los “costos externalizados” para que la materia prima pueda resultar barata”, manifestó Simone Lovera, de la Coalición Mundial por los Bosques.

“En los territorios que hoy ocupan las plantaciones, ya había o podría haber cultivos agrícolas destinados a asegurar la soberanía alimentaria de los pueblos, manejados por comunidades campesinas o bien, estas comunidades y Pueblos Indígenas podrían desarrollar actividades sustentables y que mejoran su calidad de vida, como el manejo comunitario del bosque” agregó Isaac Rojas de Amigos de la Tierra Internacional.
La lucha que llevan a cabo las comunidades locales contra los monocultivos de árboles es un asunto cotidiano en el mundo. Una lucha que ninguna comunidad pidió sino que le fue impuesta. En Asia y el Pacífico, comunidades locales en Malasia, Indonesia y Papúa Nueva Guinea luchan contra las plantaciones de palma aceitera; en África hay luchas contra las plantaciones de caucho, de palma aceitera o para celulosa en Nigeria, Camerún, Liberia, Swazilandia y Sudáfrica y en América Latina, países como Brasil, Argentina, Chile, Ecuador y Uruguay sufren los impactos del “desierto verde” de pinos y eucaliptos, mientras que en Colombia avanzan las plantaciones de palma para agrocombustibles, al igual que en Venezuela y Centroamérica.

Para empeorar la situación, las plantaciones a gran escala de árboles están siendo promovidas como una solución -falsa- al cambio climático. Por un lado, el Parlamento Europeo y otras instituciones impulsan la llamada segunda generación de agrocombustibles basada en madera, que llevará a una rápida y amplia expansión de este monocultivo, incluyendo árboles transgénicos Por otro lado, algunos países en desarrollo ven en un posible fondo bajo la Convención sobre Cambio Climático, una posibilidad de financiamiento a las grandes plantaciones como sumideros de carbono para compensar la pérdida de los bosques.

En Argentina, gran parte de la selva de la provincia de Misiones ha sido sustituida por enormes monocultivos de pinos exóticos, en tanto que las plantaciones de eucalipto para celulosa avanzan en otras provincias como Corrientes y Entre Ríos.

En Brasil, grandes empresas vinculadas a la industria de la celulosa están concentrando amplias áreas de tierra fértil, constituyéndose en uno de los mayores obstáculos para la realización de la reforma agraria. Al mismo tiempo, los monocultivos de eucalipto están afectando la seguridad alimenticia de las poblaciones locales y volviendo imposibles las actividades tradicionales de las comunidades indígenas, afrobrasileñas y campesinas. Un estudio que se llevó a cabo en dos plantaciones certificadas concluyó que la certificación de plantaciones efectivamente está socavando las luchas de la gente local por recuperar sus tierras. El equipo de investigación hizo notar que existían “pruebas claras de las disputas con los vecinos de la compañía por la propiedad, el uso tradicional y los derechos de tenencia de la tierra”. La propiedad de la mayoría de la tierra hoy en manos de ambas empresas que realizaron las plantaciones (como en otras partes) es reclamada por numerosas comunidades locales a quienes les fue quitada.

Otras disputas entre pequeños productores y las empresas tienen que ver con el uso de agroquímicos, el bloqueo de los caminos o interrupciones en el acceso y el manejo del agua. La certificación del FSC ha socavado además el derecho de los trabajadores

En Chile, la expansión de las plantaciones forestales se ha hecho a expensas de los territorios tradicionales del pueblo Mapuche y de la violación sistemática de sus derechos. Dicha expansión está además asociada a graves procesos de degradación ambiental, pérdida de biodiversidad, reducción y contaminación con agrotóxicos de las fuentes de agua, superficiales y subterráneas, y la pauperización de la población local.

En Colombia, las plantaciones de palma aceitera han dado lugar a graves violaciones de los derechos humanos, incluyendo muertes, torturas, desapariciones y migración forzada de las comunidades locales, en tanto que situaciones similares han acompañado la instalación de plantaciones de pinos y eucaliptos.

En Costa Rica el gobierno incrementó el monto del subsidio para las plantaciones de monocultivos pasando de $500 a $800/ hectárea establecida. Asimismo, se aumentó el área total a subsidiar de 4000 a 7000 hectáreas por año. Todo esto a pesar de que los monocultivos de árboles para producir madera no han rendido lo esperado y se ha demostrado que 20 años de políticas de subsidios a las plantaciones de árboles han sido un fracaso.

En Ecuador, las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas están siendo afectados por el avance de monocultivos de pinos, eucaliptos y palma aceitera, que destruyen las bases de sustentación de las poblaciones locales y expulsan a la población rural.

Muchas veces las comunidades y las ONGs han enviado cartas al FSC (certificación de gestión forestal sostenible FSC (Forest Stewardship Council, estableciendo sus preocupaciones sobre la posibilidad de que el FSC garantice la certificación de las operaciones de empresas, como el reciente caso de la empresa BOTROSA en Ecuador3, la cual “ha hecho tanto daño a los bosques de Ecuador y a las comunidades que en ellos viven y de ellos dependen, no han favorecido la conservación de bosques ni tampoco han respetado los derechos de las comunidades del bosque. Por el contrario han realizado una explotación abusiva de los bosques causando en muchos casos su destrucción”,

En Nicaragua se ha dado un importante paso en sentido inverso, cuando en junio de este año el Director del Instituto Forestal declaró que «No se derribarán más bosques para sembrar palma africana», agregando que «No estamos permitiendo la siembra de monocultivos porque destruye la biodiversidad del ecosistema».
En Paraguay Los gobiernos nacionales están dejando en manos de las grandes corporaciones la biodiversidad con el pretexto de que no tienen dinero, se lamentó la activista Simone Lovera, integrante de Sobrevivencia – Amigos de la Tierra Paraguay, en la COP 9 del Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas, que se realiza en Bonn, Alemania. “Así se vende toda la biodiversidad de la gente”, concluyó.

El Convenio de Biodiversidad está en venta Lovera forma parte de la Coalición Mundial por los Bosques, informo en una entrevista que la petrolera anglo-holandesa Shell está promocionándose como una gran conservacionista y está trabajando directamente con la Secretaría del Convenio de Diversidad Biológica. Esa corporación tiene además firmado un acuerdo con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por su sigla en inglés).
Las corporaciones transnacionales tienen como principales aliadas a grandes organizaciones no gubernamentales que se dicen conservacionistas, pero que completan el círculo al firmar los acuerdos de apropiación de la naturaleza que aseguran promover las “áreas protegidas” y el “ecoturismo”.
En Perú, el gobierno ha aprobado el marco legal para la expansión de los monocultivos de árboles, en base a las mismas promesas de empleo y desarrollo que ya se han demostrado falsas en todos los países de la región.

En Uruguay, Como decimos en artículos anteriores mas del 57% de las tierras del Uruguay esta en manos de granes empresas extranjeras como por ejemplo que el país ocupa el noveno lugar en el ranking mundial de cultivo de transgénicos con medio millón de hectáreas destinadas a estos cultivos En la década de 1960 los Tupamaros (la guerrilla) luchaban contra el latifundio, en ese momento, el mayor que existía en el Uruguay tenía 33 mil hectáreas. Actualmente, sólo una empresa estadounidense posee 120 mil hectáreas de plantaciones de eucalipto. «Uruguay está viviendo un proceso de concentración de la tierra como jamás habíamos visto. Son nuevos latifundios, pero mucho más extensos», afirma el ambientalista uruguayo Carlos Santos, de la Red Amigos de la Tierra. En esta entrevista, realizada durante el Foro Internacional en Defensa del Agua.

Los monocultivos de eucaliptos y pinos han generado graves impactos sobre el principal ecosistema del país (la pradera) y estas grandes empresas, han desplazado a los tradicionales productores de alimentos. Además, han significado un uso masivo de agrotóxicos en toda la cadena productiva desde los viveros hasta la aplicación de herbicidas para matar los rebrotes.

En todos los países donde se han implantado estos monocultivos, las consecuencias han sido las mismas: mayor riqueza y poder para unas pocas empresas nacionales y extranjeras y mayor pobreza para las comunidades locales. Como dice Eduardo Galeano “los países pobres, son pobres porque son ricos”. Fue su riqueza de recursos lo que atrajo a los colonizadores, la misma que hoy en día atrae a las empresas transnacionales. Es este proceso el que genera la exclusión social y pobreza en medio de la riqueza. Como contrapartida, la oposición a este modelo social y ambientalmente nefasto está creciendo a nivel local, nacional y regional.

Sin embargo pareciera que en la mayoría de nuestros países, los gobiernos se hacen oídos sordos a los reclamos de la gente y se continúan promoviendo políticas que están agravando aun más las situaciones descritas arriba y que incrementarían las áreas de «desiertos verdes».

Las que se anuncian como «soluciones» para el cambio climático, no sólo no solucionarán el problema, sino que serán causa de mayores sufrimientos en las comunidades. Los mal llamados «sumideros de carbono» y los agrocombustibles son ejemplos de estas falsas soluciones que ya se están implementando en nuestros países.

A ello se suma el peligro de los planes para la liberación de árboles transgénicos, que en nuestra región ya están siendo genéticamente manipulados en laboratorios en Chile y Brasil.

En este nuevo 21 de septiembre, hacemos entonces un llamamiento a unificar las luchas para forzar a los gobiernos a cambiar el rumbo y a volcar los recursos del Estado a la promoción de actividades agrícolas y forestales socialmente beneficiosas y respetuosas del medio ambiente.

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